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Las misiones jesuitas y la Independencia

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Gonzalo Abella.

 

En el año 1000, la Iglesia oficial y los señores feudales  iniciaron el saqueo  a los pueblos “herejes”, sembrando muerte, hambruna y  epidemias. Comenzaban “Las Cruzadas”.  En la conquistada Al Quds (o Jerusalén) surgieron los monjes guerreros “templarios”,  guardianes de las ruinas del Templo. Los “templarios” estudiaron la cultura islámica, y construyeron sus propias fortalezas y templos. Hasta crearon instituciones bancarias que endeudaron  a muchos señores feudales. Finalmente la iglesia oficial, a quien decían servir, quemó en la hoguera a sus jefes y disolvió la Orden.

Muchas ideas “templarias”  inspiraron a dos organizaciones que posteriormente fueron enemigas entre sí: los masones y los jesuitas. Si la Masonería fue el Partido Mundial de la burguesía en desarrollo, los jesuitas representaban las dos cosas que ellos más odiaban: la defensa fanática del Dogma de la Iglesia  y la organización colectivista de los más pobres.

La Compañía de Jesús surgió en medio de luchas religiosas que llegaban hasta al seno de la Iglesia oficial. Fue en 1534 que Ignacio de Loyola (ex militar español) creó esta organización monástica militar. Apoyando de palabra al Papa, los “jesuitas” se  convirtieron en los monjes más desarrollados intelectual y militarmente.  Crearon Universidades de excelencia, para incidir en los futuros gobernantes;  y organizaron misiones en Asia y en América.

Jesuitas jóvenes, desconocedores  de los juegos de poder de su propia Compañía, llegaron a evangelizar en colectivos agrícolas en las selvas del Paraguay y el Alto Uruguay. La palabra de Jesús, lejos del Vaticano, en la comunidad selvática, en lenguas diferentes, sugería una interpretación más cercana a la de aquellos cristianos primitivos que todo lo compartían, que rechazaban el lujo,  y aceptaban el riesgo de llevar la Buena Nueva a los pueblos del mundo.

Algunos jesuitas misioneros alfabetizaron las comunidades, les dieron formación militar, les enseñaron a construir fortificaciones y a elaborar pólvora,  a leer el pentagrama e iniciarse en el canto gregoriano,  la música sinfónica, la fabricación de instrumentos musicales y el arte plástico sacro.

Sin proponérselo, además, las Misiones fueron un obstáculo geográfico para la invasión portuguesa a territorios “españoles”, y un refugio para indios y negros perseguidos por los  “bandeirantes” (traficantes que actuaban bajo la “bandeira” de Portugal). En 1702 hubo una batalla en el Yi entre indios cristianos de las Misiones y un grupo  charrúa aliado a los portugueses; pero esta división impulsada por el colonialismo no perduró; por el contrario, en los últimos tiempos Charrúas y guaraníes montaraces fueron aliados de jesuitas e indios cristianos en la guerra final defensiva contra los ejércitos coaligados de España y Portugal.   

Estas últimas guerras y la expulsión final de los jesuitas tuvieron una causa fundamental: para que Portugal no invadiera nuevamente la zona de Colonia, España le  cedía todo el suelo misionero.

La Compañía de Jesús se partió en dos. La mayoría de los jesuitas jóvenes resistieron junto a los indios la destrucción de su colectivismo agrícola y de su teología fraterna,  colectivista y sincrética. Cuando las misiones se convirtieron en ruinas humeantes, Artigas tenía cuatro años de edad. Pero los indios del camino (del “tape”) abandonaron sus casas destruidas (“taperas”) y se fundieron con el Mundo Gaucho. Otras familias se quedaron. Hicieron de aquellos pueblos misioneros en ruinas su catacumba de resistencia,  y parieron libertadores como Andresito Guacurarí.  

  

 

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