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Temas en debate (V): El campesinado

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Gonzalo Abella.

La sociología oficial en nuestro país  ha intentado desterrar el término “campesino”.  Abarcándolo en la categoría más general  de “productores rurales”, ha intentado borrar la diferencia esencial entre un gran latifundista, un empresario sojero y un minifundista al borde de la expulsión.

Un latifundista o un gran productor sojero no son campesinos. Un trabajador rural asalariado tampoco es un campesino. Además los dos primeros  viven en la ciudad, y en cuanto  a los trabajadores asalariados, la tendencia es que vivan en la ciudad y sean acarreados en camiones al lugar de trabajo, o lleguen en su moto. Un casero de estancia, aunque viva en el predio, también es un  asalariado, no un campesino.

A diferencia del trabajador asalariado, el campesino no vende su fuerza de trabajo. Dispone de sus propios medios de producción, aunque sean rudimentarios. Posee tierra o la arrienda y se apropia del fruto para el autoconsumo y para el mercado. Esto no significa que su calidad de vida sea superior ni inferior a la del asalariado; las diferencias cuantitativas pueden ser grandes.

El campesino acomodado puede contratar trabajo asalariado para una zafra, y si es más pobre  puede vender él mismo su fuerza de trabajo una parte del tiempo; pero lo que lo define como campesino es su relación esencial con los medios de producción y el trabajo propio. Por eso en la literatura marxista, al campesinado se lo define muchas veces como “pequeña  burguesía rural”, por analogía con aquellos burgueses “pequeños” que trabajaban en su propio taller, con sus propias herramientas, en los tiempos de la acumulación capitalista originaria.

La tendencia del capitalismo es exterminar al campesinado, y concentrar toda la producción agrícola, apícola y ganadera (incluyendo la de “ganado menor” y aves) en grandes establecimientos con alta tecnología.

En nuestro país, la minúscula población rural bajó de 375000 personas en 1985 a apenas 175000 en el 2011. Diez mil establecimientos pequeños, menores a diez hectáreas, desaparecieron en 12 años, por culpa del modelo neoliberal, contaminante  y saqueador, que aplicó Astori.    Al final de la primera gestión del Dr. Vázquez, un apicultor de Soriano me comentó algo acerca del ministro de ganadería, el Sr. Mujica: “Es un ministro mágico: en cuatro años hizo desaparecer 40 años de apicultura orgánica”.

En nuestro país la abrumadora mayoría de la población rural es campesina. Abarcamos en ese concepto, junto a minifundistas pobres y chacareros  a los pequeños tamberos y a los productores dedicados a la producción animal que viven en el predio. Muchas veces la “economía familiar campesina” subsiste como proveedora del agro negocio, porque las políticas públicas buscan hacer imposible la pequeña producción para el mercado.

Pero no subestimemos la fuerza de nuestro mundo campesino. Desde la resistencia organizada a los mega proyectos  mineros, pasteros, sojeros y forestales, hasta el aporte que hace a los talleres de la Unidad Popular, el campesinado vive y lucha, se resiste a morir.

  Y es muy importante para todos que no muera. Un sector creciente de la juventud urbana lo ha comprendido, y en una corriente que muchas veces tiene un ropaje místico, encara la vuelta al campo y al cultivo orgánico. Los fondos y jardines de las casas urbanas combinan cada vez más las rejas del miedo con la siembra de alimentos sanos para autoconsumo familiar.

Hay un hálito campesino en los viento del cambio.   

Last modified on Wednesday, 11 January 2017 13:41

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