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Debates teóricos (IV): el proletariado

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Gonzalo Abella.

En la Roma imperial el término proletariado designó a aquellos ciudadanos  carentes de toda propiedad que no aportaban al Estado más que sus propios hijos, o sea, su prole, para el trabajo y posteriormente para el ejército imperial.

El capitalismo expulsó de la tierra a millones de campesinos, que pasaron a ser el “proletariado moderno” o “proletariado industrial” en los suburbios de las ciudades industriales.

Desprovistos de todo medio de producción propio, estos proletarios industriales venden su fuerza de trabajo a los fabricantes que cada vez los concentraban en mayor número. La concentración fabril posibilitó su organización para la lucha. Al conocer allí las doctrinas revolucionarias, la fábrica fue “escuela de socialismo”.

Podía haber situaciones aún más miserables, entre los campesinos pobres, los empleados domésticos, los desempleados, los pordioseros; pero sólo el proletariado fabril estaba en condiciones organizativas de luchar y vencer.

Cuando se empezó a hablar de Socialismo, aparecieron intelectuales y también industriales que se ofrecieron para conducir ellos mismos  los cambios hacia la nueva sociedad; pero Marx  y Engels rechazaron estos planteos utópicos  y plantearon la necesidad de una “dictadura del proletariado” como el gobierno de los primeros años de la nueva Sociedad.  El proletariado en el poder, según ellos, sería por primera vez una democracia para las mayorías; pero  el proletariado, viviendo su democracia, debía anular en forma dictatorial las leyes anteriores de la propiedad y enfrentar la resistencia de los antiguos explotadores.

Ya en el siglo XIX los fundadores del “socialismo científico” advirtieron que el canto obrero, sin el coro campesino, sólo podía ser un canto fúnebre.

En la fase imperialista del capitalismo, cuando el centro revolucionario mundial se trasladó a los países oprimidos, el proletariado encabezó alianzas aún más amplias para la etapa inicial de la liberación nacional.

La revolución científico técnica de fines del siglo XX fragmentó a la clase obrera, desmanteló las grandes concentraciones fabriles del proletariado.  Como ello coincidió con el desplome de la URSS, la ciencia burguesa se apuró a proclamar el fin de las revoluciones proletarias. Hasta propuso borrar el término tan temido; se habló del grupo humano del “precariato laboral” o del “trabajador cognitario”. Se proclamó que había desaparecido la plusvalía, base de la explotación capitalista.

Desde luego, ahora  hay muchos menos proletarios en las grandes ciudades de Occidente. Los hombres, las mujeres y los niños proletarios del mundo están convenientemente dispersos en países lejanos, en tugurios de difícil acceso, en minas y plantaciones, condenados al calvario silencioso de la desnutrición, la sed, la contaminación. Siguen teniendo prole y la mortalidad infantil se compensa con la fertilidad. Y siguen aportando altas cuotas de plusvalía.

Hoy en nuestros países “de desarrollo medio” hay (proporcionalmente) menos proletariado fabril, pero la conciencia de clase no  ha muerto. La conciencia de clase no está sólo en las grandes empresas que nos quedan. Desde trabajos miserables y a término, desde las listas de espera, desde el mercado informal,  desde la zafra, lo que sembró la clase obrera lo recogen los asalariados estables y los precarios, y hasta un sector de los excluidos que no ha perdido su vocación laboral.

La nueva época los convoca y asumirán su destino de conductores de todo el pueblo.

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