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Debates (II) Rasgos del fascismo contemporáneo

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Gonzalo Abella.

A veces la dictadura del capital financiero se disfraza de democracia. Pero cuando se asusta,  muestra su verdadero rostro y recurre al fascismo.

Ya en 1935 se definió al fascismo como “dictadura terrorista del capital financiero”. Mussolini desde 1922 y Hitler desde 1933 fueron los exponentes más reconocibles  del fascismo.

El Estado fascista recurrió al crimen masivo y al mismo tiempo a la demagogia. Por ejemplo, la propaganda nazi proclamaba la “raza superior” que debía hermanar en Alemania a los grandes industriales con los trabajadores, negando que hubiera antagonismos sociales entre ellos.

En los estados fascistas dependientes, el llamado a la expansión territorial es reemplazado por el llamado al  orden, a la seguridad y a la defensa de tradiciones y valores que estarían amenazados por enemigos ocultos internos y externos.

Derrotado el fascismo clásico por la URSS, la dictadura terrorista del capital financiero buscó otras formas de consolidarse. No usó más el concepto de “raza superior”, desprestigiado por la derrota, pero su propaganda empezó a elaborar otros conceptos justificativos del terrorismo de estado.

Uno de ellos, acunado en USA, es el de “ciudadanía superior”. En aras de defender los intereses de los ciudadanos de USA, garantizar su seguridad, su Gobierno tiene derecho a intervenir en cualquier parte del mundo. Otro elemento de la propaganda imperialista se basa en la falsificación del término “terrorista” que aplica a los pueblos que le resisten, mientras en forma abierta o encubierta se aplica o se apoya el verdadero terrorismo contra los pueblos.

El Sionismo, por su parte, deformó el concepto bíblico de “pueblo elegido”. A pesar de que el Sionismo se define a sí mismo como un movimiento laico, toma de las Sagradas Escrituras una interpretación distorsionada que justifica la ocupación de todo “Eretz Israel” por el Estado judío y justifica o enmascara las formas brutales, a veces genocidas, de reprimir a los otros pueblos de la región.

Hay estados de fachada democrático burguesa, que encubren en su seno estructuras fascistas, especialmente en la dirección de sus aparatos represivos.

El fascismo identifica como enemigos del Estado a todas las organizaciones populares y además inventa enemigos, y hasta los alimenta,  para justificar su razón de ser.   Para enfrentar  los movimientos de libración nacional entrena terroristas. Sabe que así, el Estado puede recibir alguna gota de su propia medicina, pero eso también le sirve como justificativo para fortalecer el control sobre la ciudadanía.

El fascismo contemporáneo prefiere actuar con la mayor eficiencia y la menor visibilidad. Se ocupa más del control de la población que del discurso oficial de los políticos. Bancarización,  celulares, cámaras ocultas, supervisión satelital,  control aduanero y drones, funcionan bajo fachada democrática y buscan garantizar el éxito de acciones represivas fulminantes cuando se deba actuar violentamente.

Los gobernantes oportunistas  creen que pueden coexistir con el fascismo incrustado en la máquina del Estado, y hasta lo ven como un factor de equilibrio ante las demandas populares.  Nosotros, los pueblos, recordamos la advertencia de Brecht: no está muerta la entraña que parió al monstruo. Ante él, nuestra alternativa es: ser sus sepultureros o ser sepultados.

 

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